Tres artículos de Eduardo Ibarra de 1925, sobre los historiadores bilbilitanos

Francisco Tobajas Gallego

En El Noticiero se publicaron tres interesantes artículos de Eduardo Ibarra y Rodríguez (1866-1944), el 4, 6 y 8 de octubre de 1925, que había firmado en Madrid en septiembre de aquel mismo año.

Eduardo Ibarra había leído un artículo en El Regional, que trataba sobre la conveniencia de rehacer y continuar los libros dedicados a la Historia de Calatayud. Y en ellos era aludido, como la persona indicada para este proyecto, por su oficio de historiador profesional y por su afecto hacia la ciudad.

Ibarra señalaba que, para escribir la historia de una ciudad, había que tener en cuenta dos aspectos: uno referido a la misma historia local y el otro a la evolución en la forma de redactarla. Escribía que, durante mucho tiempo, la historia de las ciudades había sido el tema predilecto de hijos entusiastas, que se habían ocupado de poner en relieve las glorias de sus antepasados. Casi todas las historias locales procedían de este impulso y sus autores se habían valido de este entusiasmo, dejando a un lado su pericia literaria y su preparación técnica. Por esta razón, estas historias recogían: fábulas, anécdotas, vidas de santos, milagros, leyendas ridículas y despropósitos históricos. Pero poco a poco estas historias locales habían caído en manos de profesionales de la Historia, que constituía en sí una especialidad. En las Facultades de Derecho y de Filosofía y Letras se contaban con cátedras dedicadas a este menester. Para esta labor, los autores habían tenido que estudiar atentamente documentos de siglos pasados, debiendo saber: latín, árabe, lemosín, epigrafía, numismática, prehistoria e idiomas.

Añadía que la Historia de Calatayud, de Vicente de la Fuente, era una obra de mérito, aunque podía ser completada y ampliada. Recordaba los Archivos de Santa María y del Sepulcro, que atesoraba el Archivo Histórico Nacional. Pero consideraba que, entre la reimpresión de esta obra, de la que quedaban ejemplares, y la redacción de otra historia de la ciudad, que consideraba prematura y dificilísima, debía seguirse un tercer camino, que discurría por otros derroteros.

El 6 de octubre se publicaba la segunda parte del argumentario de Ibarra. En él escribía que los escritos inéditos, que completaban o ampliaban el cuadro histórico que había trazado Vicente de la Fuente, se reducían a dos fuentes: las obras de los historiadores que habían escrito historias de Calatayud y se conservaban sin publicarse, y los documentos de archivos que trataban hechos acontecidos en la ciudad.

En el primer grupo debía primar el orden de su publicación, sacando estos escritos del olvido. Esta categoría se dividía en dos: los escritores o historiadores en lengua árabe,  y los que lo habían hecho en latín o castellano. Ibarra se consideraba incompetente en este asunto, pues no era arabista, y pensaba que sería difícil entonces encontrar traductores. También el mismo Vicente de la Fuente citaba en el prólogo de su Historia otras historias, que debían ser sacadas del olvido.

En primer lugar, Ibarra citaba la voluminosa Historia de la Antigüedad, de Miguel Pérez de Nueros, que, dispuesta en forma de anales, se conservaba en la Biblioteca Nacional, donde había podido examinarla. Consideraba que se debía extractar gran parte de ella, por contener muchos hechos fabulosos, a los que la crítica de entonces no daba ningún crédito. La parte que trataba de la conquista y los hechos posteriores hasta 1446, año que finalizaba el manuscrito, debía publicarse íntegramente.

Recordaba que en la Academia de la Historia, en el tomo IV de la Colección de Traggia, quedaban fragmentos de los apuntes que le habían servido para escribirla. Este escolapio los había tomado durante su estancia en Calatayud, el 23 de agosto de 1787. Ibarra consideraba que estas noticias podían agregarse a la obra anterior.

A continuación, Ibarra nombraba a Miguel Martínez del Villar, que era autor del Tratado del Patronado, que había sido impreso en 1598, en la imprenta zaragozana de Lorenzo de Robles. Lo consideraba un libro muy raro. Añadía que del Villar había escrito una segunda parte. Una copia había llegado a manos de su compañero y amigo José Velasco, que había motivado su artículo publicado en El Regional. Ibarra informaba que en la Biblioteca Nacional se conservaba otro manuscrito, que había examinado. Se trataba de una Historia de Aragón en general. Añadía que aunque el manuscrito de Velasco lo había ojeado rápidamente, le parecía que no era igual al de la Biblioteca Nacional. Por ello sería necesario cotejarlos y ver en qué se asemejaban y en qué diferían.

Luego citaba a Miguel Monterde, del que Vicente de la Fuente recogía cuatro obras históricas referidas a Calatayud. Ibarra reconocía que no había encontrado ninguna de ellas en la Biblioteca Nacional, ni en la Academia de la Historia. En esta última se conservaba el manuscrito de su Ensayo, que recogía curiosas noticias geográficas e históricas, que merecía la pena publicarlas. Vicente de la Fuente recordaba que, a la muerte del prior Monterde, sus herederos se disputaron estos manuscritos, conservándose entonces algunos de ellos en Cetina, en poder de personas inteligentes. Ibarra se preguntaba por el nombre de estas personas y si se prestarían a cederlos para su publicación. Consideraba que aquellas líneas bien podían servir de acicate, para recabar noticias de su existencia.

Ibarra señalaba que Baltasar González de Cádiz había escrito la Antigua y nueva Bílbilis, cabeza de la Celtiberia, principio de la primera restauración de España, que había sido descubierto por Vicente de la Fuente en la catedral de Palencia, el 27 de julio de 1874. Ibarra había preguntado entonces por este libro al archivero de aquel Cabildo, Matías Vielva, pero todavía esperaba contestación.

A continuación, Ibarra citaba a José Aparicio y Gonzalo, autor de unos Apuntamientos para la Historia de Calatayud. Reconocía que el manuscrito se había perdido, aunque quedaban fragmentos copiados en el tomo de la Colección de Traggia.

Como resumen a sus exposiciones, Ibarra consideraba factible reunir en un tomo, que podría titularse Historiadores inéditos de Calatayud, las obras de Pérez de Nueros, Gómez de Cádiz, los fragmentos conservados de Aparicio y el libro de Martínez del Villar, en el caso que tratara de Calatayud el ejemplar de Velasco.

En la tercera y última entrega, publicada el 8 de octubre, Ibarra afirmaba que la publicación del manuscrito de Martínez del Villar, previo cotejo con el de la Biblioteca Nacional, debía estar a cargo de su dueño, el catedrático de Historia de la Universidad de Valladolid, José Velasco.

La obra de Pérez de Nueros podría ser extractada y preparada para su edición, por el Cronista de Calatayud y arqueólogo José María López Landa.

La publicación del manuscrito de Gómez de Cádiz, en el caso que el Cabildo palentino autorizara su copia y publicación, podría encomendarse al catedrático de Historia del Derecho de la Universidad de Zaragoza, Salvador Minguijón, a quien, seguramente, no se le negaría este deseo, por parte del Cabildo de la catedral de Palencia. En este caso, Ibarra podría encargarse de la publicación de los originales existentes en la Academia de la Historia, pues era académico numerario y le darían facilidades.

Añadía que si comenzaba entonces la labor, en la próxima primavera podría estar acabada la impresión del volumen. Consideraba que la copia de los originales, con su prólogo y notas, podría ser labor de tres o cuatro meses, tardando su impresión otro tanto. Quedaba por resolver el coste de la edición. Señalaba que podría acudirse al Estado o al municipio, en busca de recursos suficientes, pero Ibarra no lo consideraba conveniente, más que en último término.

Ibarra defendía que había que despertar en la gente el deseo de cultura, para que contribuyera en la edición de este libro. Solo de esta manera, las obras sociales adquirían rigor y vida independiente y prestigiosa.

Recordaba que en 1904 había iniciado en Zaragoza un tomo de la Colección de documentos para el estudio de la Historia de Aragón. Añadía que los suscriptores habían cubierto casi los gastos de publicación. Y de esta manera se habían editado los doce tomos de esta Colección, trabajando gratis y, a veces, poniendo dinero para viajes y fotografías. Pero la guerra mundial había interrumpido su publicación y el encarecimiento del papel y de la mano de obra, habían dificultado su reanudación. Añadía que el editor, Cecilio Gasca, anticipaba los gastos de cada tomo, quien por otras ocupaciones, también había abandonado esta empresa.

Ibarra creía factible que la publicación del tomo dedicado a los Historiadores inéditos de Calatayud, podría servir para reanudar esta Colección. A ella acudirían, seguramente, los antiguos suscriptores, muchos de ellos corporativos y extranjeros, con otros nuevos, que lo podían ser para el tomo de los historiadores bilbilitanos. Ibarra creía que Cecilio Gasca no se negaría y, de este modo, se podría publicar este volumen y otros más, considerando esta labor cultural, útil y patriótica.

Tras este tomo dedicado a los historiadores bilbilitanos, podrían editarse otros de documentos, donde podrían colaborar Pedro de la Fuente y el archivero Manuel Ramos Cobos, además de otros jóvenes, que podrían darse a conocer.

Ibarra consideraba que, si la iniciativa particular no fuera suficiente para sacar adelante este proyecto, se podría acudir entonces al ayuntamiento, para que apoyara la empresa. Señalaba que ese era el plan más fiable y práctico, aunque Ibarra también estaba abierto a apoyar otras iniciativas, en el caso que aparecieran. Entre tanto, en los casinos y periódicos locales, debían suscribirse los interesados en este libro. Una vez conocido su número, Ibarra trataría que el propósito se llevara a cabo, en el que tendrían parte principal Velasco y de la Fuente.

Ha pasado todo un siglo y parte de aquel proyecto todavía sigue pendiente. En 1980 el Centro de Estudios Bilbilitanos llevó a cabo una edición facsímil del Tratado del Padronado, de Miguel Martínez del Villar, de 1598. En 1988 tocó el turno a las Glorias de Calatayud, de Mariano del Cos y Felipe Eyaralar, de 1845, con reimpresión en 2015, y a la Historia de Calatayud, de Vicente de la Fuente, 1880-1881. Y en 1999 se editó el Ensayo de Miguel de Monterde, de 1788, con transcripción de José María Sánchez Molledo.