Un día con APUDEPA en Ágreda, Soria

Francisco Tobajas Gallego

En pocos días Ágreda celebrará sus fiestas dedicadas a su patrón, San Miguel, con buen o mal tiempo. Algunas de sus calles ya tienen colocadas las barreras para las vaquillas. Cada 16 de agosto, mientras se festeja a san Roque, todo el pueblo de la villa, reunido en la plaza Mayor, recuerda a la corporación municipal su compromiso para que no falten las vacas y los toros para san Miguel. Y el concejo cumple su palabra.

            Ágreda es un mar de piedra entre sierras grises y frente a un Moncayo entre verdoso, ocre, azulado y gris. Arcos, murallas, palacios, casonas e iglesias, que ha ido dejando en su lugar la historia, después de retirarse la pleamar de la ocasión.

APUDEPA, que este año celebra su 30º aniversario, también está de enhorabuena, pues su presidenta, Belén Boloqui, acaba de recibir el Premio a la Participación Social de Hispania Nostra, por toda una vida dedicada a la defensa del patrimonio aragonés. Una recompensa merecida por un compromiso irrenunciable, como debe ser.

APUDEPA nos había citado en la plaza Mayor de Ágreda, para una visita guiada por la villa de las tres culturas y de los cuatro barrios amurallados, y para conocer in situ a los reconocidos pintores Iris Lázaro y Eduardo Laborda, que son los verdaderos protagonistas de esta pequeña crónica. Iris y Eduardo son también coleccionistas de arte y editores, además de realizadores y productores de cine. Iris desciende del lugar de Trévago, situado a unas cuatro leguas al oeste de Ágreda, y Eduardo, aunque nacido en Zaragoza, presume que sus ascendientes fueron buenos vecinos de la villa de Trasobares, en el valle del río Isuela, al otro lado del Moncayo.

Iris y Eduardo han donado al Ayuntamiento de Ágreda una colección permanente de pintura. Se trata de cuarenta y siete retratos de varios pintores, entre los que se encuentran, entre otros: Valentín Cardedera, Juan José Gárate, Luis Berdejo, Gil Berdasa, José Gonzálvez, Salvador Escolá o Marín Bagués, que abarcan la época comprendida entre 1828, año del fallecimiento de Goya, y 1961, año de la pérdida de Marín Bagués. Esta colección, bajo el título de El rostro del tiempo,  se expone en las torres del Palacio renacentista de los Castejones, que atesora también un recoleto jardín de aquella misma época, con otro de hierbas y un teatro vegetal. Aún conserva otro jardín de gusto barroco.

Vecina a este palacio de piedra de los Castejón, que acabara Diego González de Castejón y Vinuesa, regidor de Soria y Ágreda, se levanta la iglesia de San Miguel, con su torre románica, que da a la plaza de su mismo nombre. Tomando la calle de las Agustinas se llega hasta el convento de esta misma Orden, fundado por la marquesa de Falces en 1660, en un viejo palacio de los Castejón, y con la casa natal de sor María Jesús de Ágreda, en el siglo María Coronel y Arana, donde había nacido el 2 de abril de 1602. En esta casa natal se fundaría el primer convento concepcionista el 13 de enero de 1619. El convento nuevo de 1633 se sitúa en el camino a Vozmediano. Sor María Jesús de Ágreda sería también su impulsora y su abadesa, hasta su fallecimiento acaecido en 1665. En su pequeña iglesia conventual se conserva su cuerpo incorrupto. Sería consejera del rey Felipe IV por espacio de veintidós años, gozando del don de la bilocación, pues se hacía presente entre los indios de Nuevo México, Texas y Arizona, donde la llamaban la Dama Azul.

En la capilla del cementerio municipal se conservan unas interesantes pinturas, dedicadas a los Innumerables Mártires de Zaragoza, pues algunos de ellos, en su huida, serían alcanzados y martirizados en Ágreda.

Volviendo sobre nuestros pasos y bajando desde la plaza de San Miguel hacia la plaza Mayor se encuentra la iglesia de Nuestra Señora de la Peña, la más antigua de la villa y de estilo románico, donde casó Jaime I el Conquistador con Leonor de Castilla. No muy lejos de ella se puede ver lo que queda de la iglesia de Yanguas, levantada por las gentes de esta población, llegadas a poblar la villa tras su reconquista por Alfonso I el Batallador. En 1857 se derrumbaría la mayor parte del templo, del que se conserva solo la bóveda central, donde han aparecido unas interesantes grisallas.

Por el paseo de Invierno, el río Queiles discurre como si fuera una acequia de riego. Para acondicionar la plaza Mayor en el lugar que ocupa, se decidió cubrir el río, que reaparece de nuevo a la vista a la altura de la iglesia de Nuestra Señora de los Milagros. En tiempos, los cuatro recintos amurallados querían albergar la plaza Mayor de la villa, pero se dispuso su emplazamiento delante del futuro ayuntamiento renacentista, obra de 1548, tras cubrir el barranco del río Queiles en 1531. Entonces todas las familias nobles de la villa se dedicaban a la ganadería y a la lana, de las que obtendrían buenos rendimientos.

En un paseo vespertino Iris y Eduardo nos llevaron por la calle de las Tañerías, desde el Arco Real de 1573, debido al rey Felipe II, hasta la fuente árabe, en el barrio morisco, a la que hacía sombra un azarollo. Calles de curtidores, olleros y alfareros. Dejando atrás una solemne puerta emiral de la vieja muralla, dimos con el torreón de la Muela, al lado de lo que ahora parece ser una ermita, rodeada de árboles.

El torreón dispone de tres pisos. El primero se lo ha reservado Eduardo, para algunas de sus obras de gran formato. En el segundo Iris expone su primer cuadro de estilo surrealista y otras obras de gran formato. Y el tercero y último se lo reparten entre los dos. Iris firma algunos dibujos a grafito, con árboles viejos de su tierra vencidos por el tiempo.

Desde esta muela, verdadera atalaya, se distinguen en el fondo algunos huertos que la rodean, donde los labradores disponen de verduras de temporada y crecen y prosperan los famosos cardos rojos de invierno, que tanta fama atesoran. Volviendo por nuestros pasos dimos de nuevo con la plaza Mayor y con la iglesia dedicada a Nuestra Señora de los Milagros, Patrona de Ágreda y de los diecisiete pueblos de su tierra, que se festeja el sábado siguiente al Corpus. Su fachada es impresionante con dos torres gemelas y su interior tiene hechuras de catedral. Hacia 1140 tomaría forma la Comunidad de la Villa y Tierra de Ágreda, formada por villas de realengo, que recibieron, por su condición de frontera, privilegios, franquicias, exenciones y fueros. A cambio debían reforzar las murallas. El 1463 Enrique IV le otorgaría a la villa el privilegio del vino, por el que se permitía introducir vino de Navarra y de Aragón sin pagar impuestos ni diezmos. Por ello en su blasón aparece una cepa de vid con tres racimos.

No lejos de ella se conservan las iglesias dedicadas a Nuestra Señora de Magaña, que sería levantada por las gentes llegadas desde esta población, tras la reconquista,  y a San Juan, de traza románica, donde tiene su sede la Cofradía de la Vera Cruz.

Siguiendo la calle comercial dedicada a la venerable sor María Jesús de Ágreda, donde se suceden las tiendas y las casonas con sus escudos de armas, se da con el parque de la Dehesa, una antigua dehesa boyal, que no debió desamortizarse en su tiempo, para dedicarla a dula y pasados los años hace las veces de lugar de encuentro y esparcimiento de los vecinos, con unos impresionantes castaños de Indias, muchos de ellos decimonónicos.

Después de una tranquila y amena tertulia, cada uno se fue despidiendo sin prisa, agradeciendo a Iris y a Eduardo su buena disposición para compartir este tiempo de cultura en buena compañía. Se les veía contentos e ilusionados con esta nueva etapa comenzada, la de transmitir y difundir su oficio y su afición con todos aquellos que quieran hacer una parada en Ágreda. Esta villa soriana se ha comprometido a guardar y cuidar como se debe su enorme legado artístico. Este gesto de generosidad bien vale una parada y fonda en esta villa soriana a los pies del Moncayo, la tierra de todos. La cultura que se comparte vale por dos.

Ágreda, 26 de septiembre de 2026.