Frutas del tiempo

Francisco Tobajas Gallego

Cada tiempo tiene su fruta, sean de primavera, verano, otoño o invierno. En tiempos era costumbre tener en cada huerta o campo de secano un árbol de cada especie, para abastecer a cada casa. En las huertas se plantaba el hortal, con tomates zaragozanos y otros más tardíos, que duraban hasta entrado noviembre, judías verdes, pimientos y pepinos, además de melones y sandías. Tampoco faltaban las cebollas de verano y las de invierno. Para el macho se plantaba remolacha y panizo. En ribazos y cabezadas se ponían dorasnillos, avellanos, manzanos orteles, verdedoncellas y reinetas, ceremeños, también llamados abugos o siete en boca, perales de azúcar verde, para hacerlas asadas al horno, de don Guindo, de agua y de roma. Asimismo había ciruelos franceses, claudias y de Tolosa, con parras de uva moscatel y de colgadero, para guardarlas colgadas en los graneros. En el monte se criaban uvas de garnacha, de grano pequeño pero muy dulces, y de cojón de gato, de grano más grueso. Siempre han llevado fama los melocotones de viña.

Pedro Aznar Cardona, en su libro Expulsión justificada de los moriscos, de 1612, señalaba que los cristianos nuevos se mantenían todo el año de diversas frutas verdes y secas. El canónigo del Santo Sepulcro de Calatayud, Miguel Monterde, citaba en su libro de 1788 el domasquino grueso de Embid y el melocotón de Campiel. Al hablar de Saviñán escribía que se criaban higueras, almendros, frutales y buenos melocotones. Antonio Ponz, en su Viaje de España (1772-1792) citaba las peras bergamota, mala cara o de invierno, pera pan, magdalena y de buen cristiano. De manzanas enumeraba la camuesa, esperiega, fina, manzana helada, comadre, rayada, morro de vaca, cuero de dama y el pero. Ignacio de Asso en 1798 citaba también la manzana garcía y las peras del deán o limonadas, piel de sapo, bergamota, colmar y la de buen cristiano. Los perones servían para echarlos en mostillo o comerlos cocidos, pues esta clase se volvía modorra antes de sazonar.

            En el primer catalogo conocido de Viveros Sanjuán, de Saviñán, para la campaña 1899-1900 se ofertaban diez variedades de albaricoques, ocho de almendros, once entre cerezos y guindos, treinta y seis de manzanos, quince de melocotones, sesenta y dos de perales, siete de vides de mesa y ocho de vino. Los palosantos del Japón figuraban como novedad. En el catalogo de la campaña 1902-1903 se incluía una variedad de azarollos o servales, y tres variedades de acerolos o manzanetos de dama. Disponía de cerezas de la piedra, de Monzón, garrafal de Lérida, corazón de pichón y tempranilla o guinda de Toro. De manzanas ofertaba la variedad blanca del Jiloca, cuatro tipos de camuesas, esperiega fina, comadres, garcía, reinetas de Inglaterra y del Canadá, reineta gris y parda, ortel, verdedoncella, repinaldos, pero de ronda y pero pardo. La variedad verdedoncella se considera una variedad autóctona, pues ya aparecía en un catálogo de la Huerta-Jardín de Bruil de 1877. También disponía de nísperos europeos, que una vez recolectados, se colocaban sobre paja para su completa madurez.

De melocotones citaba las variedades Campiel, zaragozano, de Gallur, duraznilla de Sástago y de Zaragoza, pavíos encarnados de Tudela y melocotones americanos, que se recolectaban a últimos de mayo. De perales enumeraba, entre otras, la de donguindo de verano y de invierno, de limón, de Muel, de mosén Sánchez, espadón de agua, varias mantecosas, del cura, del rosario, de San Antonio, Natividad de la Virgen, princesa de Asturias o piel de sapo. Recomendaba la pera de agua o blanquilla de Aranjuez, multiplicada en los viveros de este lugar, ternales y de roma, conocida variedad de Aragón. También disponía de olivos negrales de Saviñán.

Las flores de los cerezos son las últimas en florecer, pero su cosecha es la primera en recogerse. Gabriel Alonso de Herrera, en su libro Agricultura General de 1513, recomendaba las llamadas soldares, que otros llamaban garrovales, pues eran más gordas, más coloradas y sabrosas, aunque eran tiesas y duras, y eran buenas para caminar con ellas lejos. También se plantaban guindos, una clase de cerezos, de carne muy fina. Según Herrera eran buenas refrescadas en agua fría, pues mataban la sed y el calor. También se podían guardar en anís. Herrera consideraba que mil guindos no bastaban para una casa y que un cerezo era mucho para toda una ciudad.

En un rincón del huerto se plantaban jinjoletos o azufaifos (Ziziphus jujuba). Herrera apuntaba que se podían plantar de barbados, de estaca, o de ramo, haciéndolo en marzo, antes de brotar, aunque también podía hacerse de simiente. Añadía que Paladio recomendaba hacerlo de tres en tres y con la punta hacia abajo. El fruto tiene hechura de oliva y cuando madura toma un color marrón rojizo. Se recogen a mediados de septiembre.

Los azarollos o azarolleros (Sorbus doméstica) se recolectan también en septiembre. Sus frutos son como unas peras pequeñas, que deben cogerse bien maduras, o dejarlas madurar sobre paja. Dioscorides en su tratado De materia médica, obra en cinco tomos, con primera edición de 1499 en Valencia, ya señalaba su capacidad astringente para cortar los procesos diarreicos.

Las manzanicas de belén, sean rojas o amarillas, las cría el espino albar o majuelo (Crataegus monogyna). Recuerdan a una pequeña manzana. Se cogen para la Cruz de Septiembre, con los higos blancos y negros que crecen en los ribazos de las almendreras.

Para san Juan de junio es tiempo de recoger los domasquinos y las ceremeñas, pequeñas peras con un rabo largo. Las ciruelas francesas para la Virgen del Carmen. Para san Roque las peras de agua y los albaricoques y ciruelas sanroqueros. Para la Cruz de septiembre las manzanicas de belén, las azarollas y las jinjoletas, para san Miguel las manzanas, para la Virgen del Pilar los membrillos y para Todos los Santos los caquis. Las olivas negrales se comenzaban a recoger pasada la fiesta de la Purísima.